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El galeón enterrado. Por Dulce María Loynaz:
[Destrucción del puerto de Garachico]
Era aquél un bello día de primavera. Una primavera tan lejana que pasó por la
tierra hace doscientos cuarenta y nueve años... Pero todas las primaveras son
semejantes, y aquélla tenía, como la de hoy, como la de mañana, delgado el aire,
cantarines los pájaros, tamizada la luz. Era, pues, un bello día de la primavera
de 1705, y era en el puerto de Garachico, la perla de Nivaria, el más próspero
de la isla, donde fondeaban diariamente naves venidas de todos los confines del
planeta. Tenía ese puerto una elegante curva de herradura con boca angosta
seguida de buen ensanche y mejor calado, que permitíale albergar crecido número
de embarcaciones, ofreciendo a la vez seguro resguardo para las contingencias de
un mar siempre batido por el viento. Otras eran también las razones que
contribuían al florecimiento de su litoral, entre ellas tres muy poderosas, como
el abastecimiento de los navíos de vuelta de las Américas, el cultivo del gusano
de seda y el de las viñas generadoras de los famosos caldos de Malvasía, los más
apreciados en el mundo de aquella época y cuyo secreto desdichadamente parece
que se perdió más tarde en la noche de los tiempos. Estos productos de la tierra
se embarcaban por allí mismo con destino a los dos continentes, y, siendo como
eran tan solicitados, no es de extrañar que se multiplicaran en el puerto
agentes de compañías nacionales y extranjeras, consignatarios, armadores, casas
de comercio y de contratación. Todos los oficios y profesiones en torno al
manejo y desarrollo de esta riqueza del país estaban allí representados, y hacia
Levante se extendían los barracones obreros martillando todo el día y
calafateando el esqueleto de los barcos; hacia el Poniente los talleres de
toneleros y talabarteros; al fondo, los bosquetes de moreras, y más al fondo,
pegados ya a las faldas del Teide, cubiertas de viñedos, los grandes lagares,
que sólo se permitían fuera del recinto urbano a causa de las emanaciones del
zumo de la uva al fermentarse durante la época de la vendimia.
Prospecciones buscando el oro:
Hoy, día de primavera, en una mañana luminosa también visitamos, en compañía de
nuestros amigos Carlos Rizo José Manuel Guimerá, la villa de Garachico. Está en
el mismo sitio en que antes estuvo, pero ya no se llama Puerto Rico, ni la
visitan barcos extranjeros, ni recuerda el secreto de la antigua malvasía, ni el
secreto de la antigua hermosura... La he mirado con los ojos del alma, pero ni
con ellos encuentro la menor huella de aquel pasado suyo. Dos o tres botes de
pesca amarrados al embarcadero de madera, y el mar, que tiene aquí que
contentarse con lamer una rala costa de pedruscos negros. Dicen José Manuel y
Carlos que la villa últimamente ha visto más animada gracias a la visita que una
compañía de negocios realiza en ella con el propósito de rescatar el galeón
enterrado. Desde los tiempos de Maricastaña todos los moradores Garachico saben
que allí, a sus mismos pies, yace bajo tierra un gran barco cargado de oro, y el oro es tanto, que
bastaría a hacer de cada uno de ellos un potentado... Pero aunque todo está tan
cerca, es tan imposible alcanzar nada... La compañía ha hecho taladros, abierto
pozos; sondeado el lecho del antiguo puerto, y en estos instantes en que
vistamos el lugar sus hombres parecen ya casi seguros de haber localizado la
nave perdida. Nos muestran las complicadas maquinarias, los montones de lava
removidos, también vagas señales del hallazgo, un monedas chamuscadas con la
efigie del rey Carlos II, una especie de lombardas, un pedazo de torso en bronce
ver negro, algo así como unos hombros de cariátide o legendario mascaron de
proa... Pero estos despojos nada nos dicen ciertamente. Olvidaron su lenguaje
durante tanto tiempo que pasaron hundidos en la escoria, en el silencio,
secuestrados al mundo y a la vida. En vano vuelven hoy a una vida y un mundo que
ya le son ajenos y donde nada tienen que hacer. Son como piezas muertas de las
muchas que guardan los museos: desvinculadas de los seres y cosas que le dieron
sentido a su existencia; casi llega a dudarse de que hayan existido alguna vez.
Ahí están a la vista de cualquiera, surgiendo de un cajón o de un bolsillo,
dispersas en sus mesas de trabajo. ¿Habrán de veras estos hombres de un siglo
sin gloria y sin historia, habrán de veras encontrado con sus groseros
instrumentos el hilo sutil de una leyenda? ¿ Irán de veras a poner sus manos
sobre el tesoro sagrado de los incas,
que trajo desgracia y ruina a los reinos de la misma gran España? No lo creo
posible. Y mientras ellos hablan de sus maniobras y calculan el valor de la
moneda del siglo XVII al cambio actual, yo sonrío en silencio, porque sé que es
más difícil encontrar Oro
que crearlo... Cae la tarde suavemente, y antes de abandonar el lugar, caminamos
un poco por las pequeñas calles apacibles, por las colinas donde estaban antes
los bosquecillos de moreras, los pomares, las rosaledas, los viñedos, hoy
promontorios secos y mondados como calaveras. Nos detenemos al pie de un
farallón por el que se descuelga inmóvil y petrificada una catarata de lava,
cicatriz de la lejana catástrofe. Por este dorso, cubierto antaño de musgos y de
helechos, se deslizaban en un tiempo multitud de cascadas que el volcán cortó,
atapuzó de piedra. "Antepecho de esmeralda" lo llamaron los poetas de la época,
así era él de hermoso, lozano, exuberante. Ya nadie habla, y una tristeza con
sabor a sal, una tristeza de supervivencia nos va anegando el corazón a todos.
Para romper de alguna manera el silencio, o tal vez para salvar el oro del
recuerdo, más precioso que el oro del galeón, abro el viejo libro compuesto por
el licenciado don Juan Núñez de la Peña en el año 1676, discreto compañero de
viaje que nos hemos traído a la excursión. Lo abro por la página 331 y dice así
Cae la tarde suavemente. Hemos dejado
atrás, en la distancia y en el tiempo, a Garachico, a Puerto Rico, la que se
rebeló contra los capitanes generales, echó a los extranjeros insolentes y
pisoteó altiva su propia riqueza... A la que era como un edén, como una perla...
(Dulce María Loynaz. Un verano en Tenerife)
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